Y ahora que el Sol me acompaña incluso en las noche de Luna
llena, puedo decir que lo que antes eran huellas comienza a ser una vereda de días
sin tormentas y sin obstáculos que me obliguen a retroceder. Y ahora yo digo
que de amores no entiendo, que desisto en ese invento llamado amor, y que soy
dichosa y feliz con tener aire para respirar; aire con el cuál recuperar el
aliento que tantas veces pareció muerto.
No es que yo haya cambiado, es solo que ya era hora de echar
a patadas ese fuego que destrozaba mis adentros. De comenzar a olvidar nuestros
besos y de pensar en lo estúpido que es el mundo cuando las personas no quieren
entenderse; cuando el amor no es cosa de dos.
Y sin olvidarlo del todo, revivo momentos y mi corazón
comienza a bailar en entre risas y cuentos, que muchas veces nos dejaron
contentos y otras tantas nos atormentaron. Y es que puede que algún final de
esos me hiciera llorar, y yo no estoy aquí para eso. Si estoy aquí es para
cantar a los cuatro vientos lo que quiera que me apetezca cantar.
¿Y qué me importa a mí ahora que el día esté nublado? Si a
mí siempre me había gustado la lluvia y las baldosas mojadas.
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