Me gusta escribir cosas que suenen bonitas pero que solo
sean comprendidas por una persona en concreto. No me gusta alardear ni
vanagloriarme pero he vivido veintiocho horas perfectas, a excepción de un
minuto. Pero eso minuto no fue más que un aviso de que aun vivía en la tierra.
Y es que la vida me castigó, me robó el tiempo, pero ahora me lo devuelve de la
mejor forma que yo haya conocido jamás.
Da igual el lugar, pero siempre buscamos algo nuevo. Nuestras
piernas eran de algodón y se movían con el viento sin saber muy bien a donde.
Perdimos el miedo hace mucho, y conseguimos disfrutarlo todo con otro matiz,
diferente y acaramelado.
El tiempo corre tanto cuando nuestros labios se juntan que
los días parecen minutos y las horas segundos. No encuentro nada comparable a esto; ni en la
tierra ni en el cielo. Creo que lo único comparable a tenerte cerca es llevarte
dentro.
No me acuerdo de la hora a la que nos acostamos. Ni si
quiera me acuerdo de la primera vez en la que nos desnudamos. Solo me acuerdo
de tus ojos mirando a los míos, de alguna que otra risa espontánea, de las
largas conversaciones escuchando el latido de tu corazón, del hilo de luz que
entraba por la ventana, de los silencios sin prisa por hablar, de la amarga
despedida. Y que le voy a hacer si me acuerdo de todo… Huele a te quiero. Huele
al amor, mi ropa huele a tu sudor. Recreo tus pasos, de sabor, tus preguntas.
Ahora siento que lo que busco me ha encontrado. Ahora quiero
que lo que he encontrado no se marche nunca. Toca disfrutarlo eternamente,
grabarlo en mi mente. Ahora es cuando nos toca querernos, y que bien lo
hacemos.