El sendero blanquecino, de unos tres metros de ancho, se iniciaba al pie mismo de la salida del pasadizo y se perdía en la distancia. Pascal dio un pequeño salto y aterrizó sobre su superficie perfecta, que se mantuvo inalterable. No se atrevió a materializar más movimientos, envuelto en su propio miedo a lo desconocido, a lo extraño. Sentía su garganta seca. Al girar sobre sí mismo, le pareció que flotaba en medio del universo; un universo, eso sí, sin planetas, satélites ni estrellas. Sin límites. Negrura por todos lados excepto bajo sus pies. Un puente infinito sobre la nada.
La puerta oscura. El Viajero.
David Lozano.
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